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La carrera del tiempo

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Esperando al borde del camino, sintió algo así como una leve, casi imperceptible, vibración en el ambiente, mucho antes de verla, antes incluso de que le llegaran el rumor y los vítores de la gente. Era como como si toda la llanura emitiera un hondo suspiro. En la Mota, en la mañana del primer domingo de agosto, ese temblor tiene un nombre: la Virgen de Manjavacas venía ya volando por el camino a hombros de sus anderos, envuelta en un tenue vaho dorado que parecía levantarse desde el corazón mismo de la tierra.

A sus setenta y cuatro años, el anciano sabía que aquel instante tenía siempre algo de frontera, de borde entre lo que fue y lo que está por llegar. Cada año, “La Traída” era un regreso al pasado, pero también un salto al porvenir. Sin embargo, ese día, sin saber por qué, percibía un no sé qué diferente, como si la Virgen trajera consigo un mensaje que él no sabía descifrar.

Se apartó un poco del gentío que abarrotaba la linde de la carretera. El sol “hería de soslayo”, iluminando los campos de trigos y vides. Cerró los ojos un instante y, al abrirlos, el tiempo se plegó sobre sí mismo.

Su padre estaba allí.

No como un recuerdo borroso, sino con la nitidez de las cosas verdaderas: la mano grande apretando la suya de niño, el olor a salud y a campo, la voz grave, pero dulce, que parecía surgir de su corazón.

—Mira bien, hijo —le decía—. Esto no es una carrera. Es el latido de un pueblo. Es la Virgen de
Manjavacas recordándonos quiénes somos.

El anciano sintió un nudo en la garganta. Mientras su padre hablaba el aire parecía oscilar a su alrededor como si todo el campo estuviese escuchando. La Virgen avanzaba entre la polvareda, y a cada paso de los anderos, se sentía vibrar el suelo bajo los pies.

—Aquí aprendemos a amar a los nuestros —continuaba su padre—. A no dejar nunca a nadie atrás. A trabajar juntos, a esforzarnos, a celebrar la vida, aunque duela. La Virgen nos enseña todo eso, y mucho más, sin pronunciar palabra, directamente al corazón.

El anciano veía a su padre con emocionada lucidez. Recordó cómo, de niño, no entendía aquellas palabras; pero intuía su transcendencia y las guardaba para sí como quien atesora semillas sin saber qué árbol crecerá de ellas. Recordó también cómo, con el paso de los años, todas habían germinado y modelado su carácter: la lealtad, la honestidad, el espíritu de sacrificio, la alegría de vivir, la obligación de ayudar a los tuyos y a los demás.

La Virgen estaba ya muy cerca. Los anderos corrían con esforzado fervor y conseguían que la imagen se trasladara como suspendida en el aire.

Entonces ocurrió algo extraño: el anciano sintió que el aire se espesaba, que la luz cambiaba, que el tiempo se doblaba sobre sí mismo.

Por un instante —solo instante, pero eterno— vio a su padre entre los anderos. No era un sueño ni un recuerdo: era él, joven, fuerte, con la blusa pegada al cuerpo y los ojos cargados de
emoción. Y al verlo, sintió como si algo dentro de él se rompiera y se recompusiera al mismo tiempo.

Cuando la Virgen pasó por delante, la miro fijamente y una lágrima resbaló por su mejilla. Entonces notó que alguien tiraba con suavidad de su mano.
—Yayo…

Era una voz menuda y luminosa, como una campanilla.

El anciano parpadeó. A su lado, mirando a la Virgen con los ojos muy abiertos y apretando con fuerza la mano del abuelo, estaba su nieto de cinco años. Lo miro como si él fuera parte de un milagro que acabara de ocurrir.

Y entonces comprendió.

No era su padre, era él quien llevaba rato hablando a su nieto, con la misma emoción, las mismas palabras, los mismos valores.

El tiempo había hecho un círculo perfecto.

—¿Sabes? —dijo el anciano, con voz temblorosa pero firme—. La Virgen nos recuerda que somos de aquí. Que este pueblo es nuestra familia grande. Que hay que amar, trabajar, ayudar, ser honesto y solidario… y vivir con alegría, pase lo que pase.

El niño asintió con calma, como si cada palabra se le quedara grabada en el alma.

La Virgen se alejaba ya, envuelta en un remolino de vivas y polvo de oro. Y el anciano sintió que algo se cerraba y se abría al mismo tiempo: un ciclo que continuaba, una herencia que no se pierde mientras alguien la escucha y la transmite.

—Yayo… —susurró el niño— yo quiero ser andero…

El anciano sonrió. Y en esa sonrisa estaban su padre y todos aquellos que, desde hace siglos, han corrido, rezado, celebrado y vivido, bajo el amparo de la Virgen de Manjavacas.

—Claro que sí —respondió—. Y yo, desde donde esté, lo seré siempre contigo.

 

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